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Resident Evil: Noche Cero: la vería 99 veces y volvería a abrir esa puerta
Para mí, el mejor terror de 2026 tiene alma de videojuego, humor negro y ninguna intención de caerle bien a todo el mundo. Qué alegría cuando Resident Evil se siente así.
Hay películas que me gustan y películas que me dan ganas de volver a poner apenas terminan. Resident Evil: Noche Cero está en ese segundo grupo, pero cómoda, con los pies arriba de la mesa. La podría mirar 99 veces y no aburrirme. Y ya que estamos, lo digo de entrada: para mí es, por lejos, la mejor película de terror de 2026. Me encantó. No tengo muchas ganas de disimularlo para que esta nota parezca más seria.
Lo que más me cuesta explicar es lo divertida que resulta sin que eso le quite el miedo. Porque decir que una película de terror es divertida a veces suena a que los sustos fallaron y uno se terminó riendo de cualquier cosa. Acá me pasa algo mucho más lindo: disfruto estar metido en ese quilombo. Quiero que siga, quiero ver cómo se sale de la próxima y, al mismo tiempo, preferiría que nadie diera un paso más.
Muchas situaciones me hicieron pensar en lo que siento jugando Resident Evil. Esa mezcla de curiosidad y desconfianza, de querer avanzar y preguntarme si no estoy por mandarme una cagada. Mirás un recorrido y ya empezás a buscar por dónde irías vos, qué lugar evitarías, dónde te quedarías sin salida. La película me invita a participar de esa manera. Estoy sentado mirando, sí, pero una parte de mí está buscando el control.
Ahí está, para mí, su mayor acierto como Resident Evil. Tiene esa alma de videojuego que es bastante más difícil de conseguir que poner un nombre conocido en pantalla. Podés llenar una adaptación de referencias y aun así dejarme afuera. Noche Cero me mete en el problema. Me hace pensar en la decisión siguiente, en lo poco que alcanza con haber zafado recién. Esa tranquilidad de unos segundos nunca parece una garantía. Y yo quiero seguir igual.
La tensión también viene de mirar. De prestarle atención al espacio, de no sentir que ya entendí todo lo que tengo enfrente. Una linterna en la oscuridad tiene algo muy propio de esa experiencia: permite ver, pero también te recuerda cuánto te falta ver. Me gusta cuando el terror me pone en ese estado, pendiente de lo que puede haber un poco más allá. No necesito que me expliquen cada peligro para empezar a desconfiar.
Y cuando llega el susto, llega bien. Los jump scares me funcionan porque ya estoy metido, no esperando desde afuera a ver con qué ruido quieren hacerme saltar. Tampoco me interesa hacerme el valiente y fingir que esa clase de susto está por debajo de mí. Si está bien puesto, lo disfruto muchísimo. Acá convive con la tensión y con ese impulso de seguir avanzando. Me asusta y me deja con ganas de que venga lo próximo. Hermosa forma de pasarla mal.
Después está el placer de encontrarse con lo raro, con esas presencias que hacen que un lugar deje de parecer seguro de golpe. Resident Evil tiene mucho de eso para mí: mirar algo y entender que conviene mantener distancia, aunque todavía no sepas exactamente qué estás viendo. La imagen de esa figura enorme, pálida, rodeada de negro, acompaña perfecto esa sensación. No necesito ponerle una etiqueta ni saber de antemano cómo se la enfrenta. Prefiero quedarme un rato con la incomodidad.
Como fan, además, encontré muchos guiños que me dieron gusto. No los voy a ir marcando uno por uno porque parte de la gracia está en reconocerlos mirando. Me interesa más lo que producen juntos: esa familiaridad medio torcida, las ganas de acercarse y la sospecha de que acercarse es una pésima idea. Hay algo del mundo de Resident Evil que reconozco enseguida en esa mezcla. La película me lo devuelve con una energía que me resulta tremendamente contagiosa.
Y en medio de todo eso aparece el humor negro. Del bueno, del que me hace reír sin sacarme del desastre. A mí me suma muchísimo esa convivencia. El miedo puede ser feo, incómodo y también tener una veta absurda; no siento que haya que elegir una sola de esas cosas y sostenerla con cara de piedra hasta el final. Disfruto que Noche Cero se permita ese cambio de ánimo, que pueda tensarme y encontrar una risa ahí mismo.
También me gustó su falta de ganas de quedar bien con todo el mundo. Tiene algo desubicado, una forma de encarar el horror que no se siente preocupada por ser agradable. Yo la viví como una película políticamente incorrecta, y eso forma parte de lo que disfruté. Hablo de ese humor negro, de esa incomodidad, de dejar que el mal gusto tenga su lugar. No necesito convertirlo en una discusión sobre todo el cine: acá le da carácter y a mí me funciona.
Esa puerta, con Bryan tratando de sostenerla, me devuelve al centro de todo lo que me gustó: estar ocupado en sobrevivir al momento. La situación inmediata alcanza para tenerme ahí. Después habrá tiempo para ordenar lo que pasó, reconocer una referencia o discutir una decisión. Mientras la miro, lo que quiero es saber cómo sigue. Hacía falta que Resident Evil me despertara esas ganas con tanta facilidad. Qué placer encontrar una película que entiende lo entretenido que puede ser el terror.
Por eso las ganas de repetirla pesan tanto en mi entusiasmo. No dependen solamente de que un susto vuelva a agarrarme desprevenido. Quiero regresar a ese ritmo, a esa tensión, al humor y a la sensación de estar jugando sin tener que apretar un botón. Saber lo que viene no me quita las ganas de atravesarlo otra vez. Hay recorridos que uno disfruta incluso cuando ya conoce el camino, y este es uno de esos para mí.
Me quedo con eso. Con una Resident Evil que me divierte, me pone nervioso y tiene personalidad suficiente para que siga pensando en ella cuando ya terminó. Mi favorita del terror de este año, por lejos. Si después de la vuelta número 99 todavía queda una puerta sin abrir, ya sé dónde voy a estar.