editorial · CinePosta
Engendro: un horror que me hizo bajar el volumen
El bosque finlandés me atrapó y el bebé me hizo bajar el volumen. Entre escenas que me obligaron a taparme la cara y una actuación central enorme, la película me quedó bastante mediocre.
Engendro me hizo hacer algo que no suelo asociar con una película de terror: bajar el volumen de la tele. Los grititos del bebé me resultaron insoportables por momentos y están tan presentes que hubo escenas en las que necesitaba escucharlos un poco menos para seguir mirando. La película ya trabaja desde la incomodidad; esa insistencia sonora a veces suma tensión y otras me cansa. Es una de esas decisiones que entiendo como parte de la experiencia, aunque para mí se vuelve demasiado.
Mi ignorancia del lore finlandés es total. No tengo el mapa de las leyendas ni referencias con las que completar lo que la película deja en sombras. Y, aun así, la oscuridad del bosque me atrapó: los árboles, la casa aislada y la sensación de que algo queda fuera de mi alcance me dieron curiosidad. No necesité saber cómo se llama cada idea para que el misterio funcionara. En mi caso, el bosque fue el primer motivo para seguir mirando.
El lugar le da a la película un costado que disfruté bastante. La casa no me parece un refugio neutro, y el bosque no es una postal de fondo. Hay algo en cómo se oscurecen los bordes y en la distancia entre los personajes y lo que los rodea que sostiene el misterio. Esa atmósfera me interesa más que cualquier intento de descifrar el folclore. No sabría decir qué tradiciones están detrás de cada señal; sí puedo decir que esa mezcla de naturaleza y horror me intrigó.
Después, no todas las decisiones están a la altura de esa atmósfera. La historia tiene imágenes e ideas que me llamaron la atención, pero me resulta más sugerente cuando deja que el bosque pese que cuando insiste en golpearme. No siempre arma una progresión que haga crecer esa inquietud. Por momentos siento la idea al frente y a los personajes girando alrededor, en vez de que cada pieza encuentre su lugar. Ese desnivel explica parte de la distancia que me quedó.
Los grititos del bebé son el otro frente de la incomodidad, y ahí mi reacción fue bastante directa: los odié. No me pasó con una escena suelta; se repiten durante toda la película y hubo ratos en que tuve que bajar el volumen. Entiendo que ese sonido forma parte del clima, pero el efecto en mí dejó de ser tensión y pasó a ser cansancio. Pocas veces una película me hace querer tocar el control remoto por un motivo así.
También hay momentos en los que me dieron ganas de taparme la cara porque no quería ver lo que seguía. Ahí Engendro sí consigue una incomodidad física: no me deja mirar desde una distancia cómoda, me hace anticipar que alguna imagen va a cruzar una línea que preferiría no ver. No necesito entrar en detalles para decir que hubo escenas que me superaron un poco. Aunque esas partes tienen fuerza, no todas se convierten en algo más que un impacto aislado.
Me copa que muestre cuerpos cotidianos y reales, lejos del molde de supermodelo que Hollywood repite tanto. Me gusta, sencillamente, que su gente se vea como gente. En una historia que trabaja con el cuerpo y con sensaciones poco amables, esa materialidad le queda bien. Hay una cercanía medio áspera que no aparecería de la misma forma si todo estuviera pulido para resultar lindo.
La actuación que más me gustó es la de Seidi Haarla, que interpreta a la madre. Para mí fue un diez. Me sostiene en una película donde varias cosas me resultan difíciles de procesar y hace que esa experiencia tenga un centro humano. Cuando ella está en el foco, el horror deja de ser solamente una colección de imágenes raras; hay alguien tratando de atravesar lo que le pasa. Esa parte sí me llegó, y es lo primero que nombro cuando pienso en lo que la película hace bien.
Con Rupert Grint, en cambio, mi respuesta fue bastante más tibia. La referencia a Ron de Harry Potter es inevitable para mí, pero acá lo encontré correcto y nada más. No me voló la peluca ni salí pensando que su actuación levantara la película. Si a Haarla la tengo en un diez, a Grint le pongo un seis que tira para abajo. No lo veo como un desastre; simplemente, no me dio mucho más que una presencia cumplidora.
Esa diferencia entre las actuaciones me ordena una parte de la experiencia, aunque tampoco cambia mi impresión general. Haarla me interesa mucho más que Grint, el bosque me da curiosidad y algunas escenas me empujaron a esconder la cara. Son tres cosas que recuerdo con claridad. Alrededor de ellas, sin embargo, hay una película que no siempre sabe cómo hacer convivir su misterio, su costado corporal y sus vínculos familiares. Cada elemento por separado me propone algo; juntos no terminan de armar una película redonda.
En líneas generales, Engendro me pareció bastante mediocre. Tiene una atmósfera que sí me intriga y decisiones visuales que valoro, pero no alcanza con juntar imágenes intensas para que todo lo demás funcione. A veces siento que la película confía demasiado en lo desagradable como atajo; otras, que el misterio del bosque abre una puerta que el relato no termina de aprovechar. No me quedé con la sensación de haber visto una obra maestra oculta. Me quedé con algunas cosas buenas y con varias que me sacaron de la experiencia.
Por eso mi balance no es de rechazo total. Me intrigó una mitología que desconozco, me gustó que los cuerpos no respondieran al molde de supermodelo y la actuación de Haarla me pareció enorme. También me cansaron los gritos del bebé y hubo escenas que preferí no mirar. Engendro tiene esos choques, pero no consigue que todo se vuelva una experiencia igual de sólida. Cuando pienso en la película, vuelvo al bosque oscuro; el resto me queda bastante más desparejo.