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Colony: Zona Cero: me gustó, pero no me voló la peluca

Infectados que aprenden a cooperar, heroísmo boludo y una sustancia lechosa que termina por todas partes. Una catástrofe biológica que me divirtió, con sus clichés y todo.

Por CinePosta · · 5 min de lectura

Sin spoilers fuertes

Colony: Zona Cero me gustó, pero tampoco me voló la peluca. Lo digo de entrada porque a veces parece que una película tiene que ser una obra maestra o una cagada, y en el medio quedan todas esas que uno mira, disfruta y sigue con su vida. Esta entra ahí para mí. Tiene un virus, un brote que se va al carajo y gente tratando de sobrevivir. También tiene escenas bastante boludas y una cantidad de líquido lechoso que merece su propia conversación. Me entretuvo con todo ese paquete, sin necesidad de salir diciendo que reinventó el cine.

La base es la catástrofe biológica de siempre: el virus se desata, el contagio avanza y un edificio queda convertido en una trampa. Yeon Sang-ho trabaja con una variación de los zombies en la que la enfermedad cambia la conducta de los infectados. Al principio podés reconocer el peligro más habitual del género, pero empiezan a aprender, a comunicarse y a cooperar. Esa naturaleza colectiva del virus es lo que más diferencia el problema. La cosa se complica porque no alcanza con asumir que enfrente hay una multitud enferma moviéndose sin entender nada.

Un grupo de infectados con ropa ensangrentada mira hacia arriba dentro de un centro comercial.
La amenaza tiene algo peor que la cantidad: empieza a coordinarse. Fuente de la imagen

Eso me parece una buena manera de hacer avanzar una película de contagios. Te obliga a revisar lo que creías que servía para enfrentarlos. Una solución puede funcionar un rato y después quedarse corta, porque la enfermedad sigue cambiando a quienes tenés enfrente. No necesito una clase completa de biología para entrar en esa idea. Me alcanza con que la amenaza se vuelva más complicada y los personajes tengan que responder. Colony encuentra ahí una forma de seguir moviéndose dentro de un planteo bastante sencillo.

La acción también va creciendo. Al principio se encara mucho con armas cuerpo a cuerpo y después pasa a las armas de fuego. Ese cambio acompaña la escalada del desastre. Arranca con una pelea más cercana, con lo que se puede usar para abrirse paso, y va aumentando los recursos y el tamaño del enfrentamiento. Me funciona que no largue todo junto desde el primer minuto. Hay un recorrido dentro del quilombo, una sensación de que lo que alcanzaba al comienzo ya no alcanza tanto. Los infectados evolucionan y la manera de combatirlos también se modifica.

Un guardia de seguridad sostiene un objeto largo con ambas manos mientras otras personas se agrupan detrás.
Primero hay que arreglarse con una defensa a corta distancia. Fuente de la imagen

En el grupo de personajes hay de todo: jóvenes, gente grande, personas con discapacidad. Esa variedad le viene bien a una historia de supervivencia porque no todos atraviesan el mismo peligro de la misma manera. No es un equipo armado para resolver cada problema con la misma habilidad. Hay cuerpos distintos, necesidades distintas y gente que tiene que encontrar cómo seguir en medio de una situación horrible. Me gusta que el desastre agarre a un grupo así. Le da más posibilidades al encierro que llenar el edificio solamente de tipos listos para pelear.

Después aparece el heroísmo boludo. Ese momento en el que el hombre tiene que jugarse todo para salvar a la chica y la película quiere que lo miremos con una solemnidad tremenda. Hay algo bastante pacato en esa forma de repartir los papeles: el macho demuestra de qué está hecho y ella queda como la persona a rescatar. Me recordó ese recurso de otros relatos coreanos de acción, pero acá lo que me molesta es la escena concreta, esa obligación de ponerse grandilocuente justo cuando ya tenés bastante con los infectados.

Igual, sería mentir decir que esas escenas no me divierten. Son boludas y me divierten. Puedo reconocer el cliché, ver venir el gesto heroico y seguir disfrutando el momento. No todo tiene que sorprenderme para funcionar. A veces la exageración forma parte del entretenimiento, aunque no compre del todo la emoción que me están vendiendo. Colony tiene algo de eso: me deja criticar una decisión y pasarla bien con ella al mismo tiempo. El disfrute no obliga a hacerme el distraído con lo que ya vi mil veces.

Dos hombres forcejean en un pasillo estrecho con paredes cubiertas de una sustancia pálida y fibrosa.
La pelea y la mugre terminan ocupando el mismo espacio. Fuente de la imagen

Y ahora sí, la leche. Los infectados expulsan una sustancia lechosa y la película se compromete muchísimo con esa decisión. Tanto que las instalaciones terminan bañadas en ella. En partes parece semen. Esa fue mi asociación, qué querés que te diga. No estoy afirmando que lo sea dentro de la historia, pero el aspecto da para pensar eso y cuesta sacárselo de la cabeza. Es asqueroso. Ya tenés el contagio, la violencia y los cuerpos enfermos; encima tenés que mirar cómo queda todo cubierto por ese líquido.

Ni idea por qué eligieron ese aspecto en particular. Puede haber una explicación para la sustancia dentro del funcionamiento del virus, pero no sé por qué decidieron mostrarla así. Tampoco voy a fabricar una respuesta para que esta nota suene más seria. Lo que sí puedo decir es que consigue dar asco y que no queda como un detalle chiquito. Lo ves en los cuerpos, lo ves extendido por el lugar y termina marcando la apariencia del desastre. Colony encontró una forma bastante desagradable de que sus zombies dejaran algo más que sangre.

Una mujer de pelo largo se asoma detrás de unas cajas, junto a una pared cubierta de vetas blanquecinas.
El aspecto de las superficies también participa del asco. Fuente de la imagen

El malo, en cambio, me quedó mucho menos presente. Para mí tiene cero carisma. Está ahí, cumple su lugar en el conflicto, pero no me genera el interés que sí me genera ver cómo cambia el peligro del contagio. Es raro que una película con infectados capaces de cooperar tenga un antagonista humano tan poco atractivo para mirar. No necesito que me caiga bien ni que tenga razón. Sí me vendría bien alguna presencia que lo vuelva más interesante. Acá el quilombo biológico le gana cómodo en esa competencia.

Varias personas con trajes amarillos de protección biológica avanzan con linternas dentro del edificio.
El brote sigue siendo el centro del problema. Fuente de la imagen

Lo que termina sosteniendo mi impresión es que Colony no se va de mambo con lo que quiere hacer. Mantiene su esencia de película de zombies enfermos y avanza con eso. Cambia la amenaza, sube la acción, mete sus sacrificios heroicos y ensucia todo de una manera bastante particular. Algunas cosas me funcionan más que otras, pero no sentí que perdiera el rumbo. Me gustó. No me voló la peluca, y tampoco hace falta. Me alcanza con haber disfrutado el desastre, incluso cuando el heroísmo me parece boludo y la decoración me da ganas de llamar a alguien para que limpie.