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Campamento Miasma: si venís por Jason, preparate para el delirio

Una peli fumada, graciosa e incómoda, donde entender qué chota está pasando nunca garantiza que lo sigas entendiendo cinco minutos después. Y sí: Brad Pitt es productor ejecutivo.

Por CinePosta · · 5 min de lectura

Sin spoilers fuertes

Hay que avisar algo antes de entrar a Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma: si estás buscando una película de Jason, podés llevarte una sorpresa bastante grande. El título tiene campamento, sexo y muerte. Parece que ya está, que sabés más o menos qué clase de quilombo vas a mirar. Un asesino, unos pibes y una sucesión de malas decisiones. Pero Miasma agarra esa expectativa y empieza a hacer cosas que no tienen mucho interés en dejarte cómodo. Es una película muy rara. Y decir rara acá se queda un poco corto.

Para mí, la palabra que mejor le queda es fumada. Una peli fumada, de esas que te obligan a mirar un buen rato antes de poder decir qué chota está pasando. Tampoco alcanza con descubrir una idea y agarrarte de ahí hasta el final. Cuando sentís que por fin entendiste por dónde viene, se fuma de vuelta. Te cambia la conversación y vos seguís sentado, tratando de ver si todavía sirve lo que habías entendido recién. Esa es buena parte de la experiencia, con todo lo divertido y lo agotador que puede resultar.

Una persona está frente a una construcción de madera rodeada de árboles y nieve.
La palabra campamento puede hacerte imaginar algo bastante más convencional. Fuente de la imagen

La premisa ayuda a entender por qué uno podría entrar esperando otra cosa: una cineasta recibe el trabajo de revivir una franquicia de terror y va a visitar a la actriz de la película original. Hannah Einbinder y Gillian Anderson están en el centro de ese encuentro. Hasta ahí hay algo reconocible, incluso una excusa bastante práctica para jugar con el slasher. Después aparecen el deseo, la incomodidad y el delirio, y ese punto de partida deja de servir como una explicación completa. Jane Schoenbrun no parece apurada por devolverte a un camino fácil.

Me parece importante decirlo porque no es una película para cualquiera. Y eso tampoco significa que quien no conecte sea un boludo o que le falte mirar cine. Hay días en los que uno quiere una persecución, un susto y listo. Miasma te pide otra disposición. Tenés que bancarte muchos minutos de incertidumbre sin saber si una escena te va a aclarar algo o te va a complicar más la vida. Si ese trato te rompe las pelotas, lo entiendo perfectamente. La película no hace demasiado para evitarlo.

Hannah Einbinder, con anteojos y un sweater rojo, está junto a Gillian Anderson en un interior de madera.
El encuentro de las protagonistas es el punto de partida; ordenar lo que viene después cuesta más. Fuente de la imagen

Encima, en partes es graciosa. Tiene momentos que me divierten y otros que me dejan incómodo, y a veces las dos cosas quedan bastante cerca. Esa mezcla vuelve difícil acomodarse. Una risa no quiere decir que ya encontraste el tono y podés relajarte. Puede ser apenas una pausa antes de otra rareza. Me interesa esa sensación de no tener del todo resuelto cómo mirar lo que está pasando, aunque también obliga a tener paciencia. No todo lo extraño se vuelve entretenido automáticamente por ser extraño.

En medio de ese viaje aparecen los productos norteamericanos. KitKat, KFC, Nerds, Kellogg's: golosinas, cereales y marcas de esas que reconocés al toque, repartidas por distintas escenas. Me llamaron la atención porque, con todo lo que cuesta ubicarse en esta película, los envases son perfectamente familiares. Estás intentando entender el delirio y de pronto hay algo que podés identificar sin esfuerzo. Una marca de comida. Es un detalle muy terrenal metido en una película que cada tanto parece haberse ido lejísimos.

Les digo chivos por costumbre, pero no tengo idea de si hay publicidad paga detrás. Lo que vi fue la presencia de esos productos, bastante insistente para mi gusto. No me alcanza para inventar un acuerdo comercial ni una intención escondida. Sí me alcanza para comentarlo, porque termina formando parte de lo raro de la película. Entre sangre, deseo y confusión también hay lugar para mirar una góndola. El supermercado parece estar mucho más seguro de lo que vende que yo de lo que estoy viendo.

Un hombre con saco oscuro está en un comercio, entre exhibidores con paquetes de golosinas.
Entre tanto delirio, los productos de las góndolas son una presencia bien reconocible. Fuente de la imagen

Otro detalle divertido está detrás de cámara: Brad Pitt figura como productor ejecutivo. Sí, está chequeado en los créditos del press kit oficial. No aparece actuando por eso, ni voy a atribuirle cada decisión rara, pero el dato me hace gracia. Saber que su nombre está en la producción suma una curiosidad a una película que ya viene cargada de cosas poco convencionales. Tampoco cambia cómo la miro. Sigue siendo el mismo viaje, sólo que ahora puedo agregar a la conversación: che, en esto también está metido Brad Pitt.

Lo que más cuesta, de todas maneras, sigue siendo la relación con lo que entendés. Hay películas que te guardan una explicación y después te dejan descansar en ella. Acá no sentí esa tranquilidad. La comprensión dura poco. Apenas parece que las piezas se acomodan, vuelve una decisión que me descoloca. Y ahí tengo que elegir si sigo acompañando o me quedo reclamando que termine de explicar lo anterior. Miasma exige bastante de ese acompañamiento. No la pondría de fondo mientras hago otra cosa, porque perderme más tampoco sería demasiado difícil.

Una figura sostiene un objeto largo en diagonal sobre el agua, entre niebla y árboles oscuros.
La familiaridad del slasher convive con imágenes que vuelven todo más extraño. © MUBI. Fuente de la imagen

También hay un momento de desnudez de la protagonista que, para mí, aparece con esa misma lógica desconcertante. Mi impresión fue bastante simple: le pintó ponerse en bolas, porque sí. Habrá quien le encuentre un sentido clarísimo dentro de todo lo que la película trabaja con el sexo. Yo no voy a fingir que lo tuve resuelto mientras miraba. Me quedó como otra de esas decisiones que te hacen levantar una ceja. No hace falta contar qué la rodea ni adónde lleva para explicar la sensación. Hasta los paisajes se vuelven extraños: el campamento nevado queda muy lejos de ese lago con un cielo anaranjado que muestra el tráiler.

Dos mujeres vestidas de rosa están frente a un lago, con montañas y un cielo anaranjado al fondo.
Hasta el paisaje se aleja de la idea de un campamento corriente. Fuente de la imagen

Con Miasma me queda más claro qué experiencia ofrece que cómo explicar cada cosa que hace. Es rara, por momentos graciosa, incómoda y muy poco convencional. Hay que aceptar que entender algo no te asegura entender lo siguiente. Por eso, antes de decirle a alguien que la mire, le contaría todo esto. Que sepa en qué se está metiendo. Si venís buscando a Jason, preparate para perderlo de vista. Y si venís dispuesto a bancarte una peli fumada, al menos entrás con una expectativa bastante más cercana a lo que te espera.