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Animales: Ben Affleck habla castellano y yo no puedo parar de reírme

Un thriller medio novelado, medio teatral, una Gillian Anderson demasiado supercapa y un final que me sigue haciendo reír. Pero primero tenemos que hablar del castellano de Ben.

Por CinePosta · · 5 min de lectura

Sin spoilers fuertes

Me estoy riendo mientras escribo esta nota. Me acuerdo del desenlace de Animales y vuelvo a pensar: ¿cómo terminaron haciendo semejante pelotudez? Y enseguida me acuerdo de la que viene después. Porque el final tiene eso: cuando parece que ya hizo suficiente, encuentra la manera de agregar otra. Yo tendría que estar hablando de la tensión, de las actuaciones o de lo que quiso contar Ben Affleck. Pero acá estoy, tratando de escribir una oración sin acordarme de ese remate y largarme a reír otra vez.

La película se presenta con una situación que debería alcanzar para tenerte enganchado: a un candidato a la alcaldía de Los Ángeles y a su mujer les secuestran al hijo. Hay urgencia, hay una campaña en el medio y hay gente que tiene bastante que perder. Hasta ahí, perfecto. El problema es que a mí se me fue haciendo cada vez más difícil entrar en lo que estaba viendo. Todo tiene una gravedad enorme, pero yo no termino de creerme esa gravedad. Y cuanto más me la remarcan, más lejos quedo.

En algunos tramos me parece muy novelada. Como si cada cosa necesitara venir con su buena dosis de drama y dejar preparado el terreno para el siguiente quilombo. En otros, parece una obra de teatro. Siento demasiado la escena armada, el personaje colocado ahí para decir lo que le toca, el diálogo que tiene que cumplir su función. Esa mezcla me resulta rara: por momentos la historia quiere desbordarse y por momentos parece encerrada en su propia solemnidad. Me cuesta ver personas; veo gente interpretando una situación muy importante.

No me molesta que una película tenga mucho diálogo ni que transcurra con pocos personajes compartiendo un espacio. Lo que me pasa acá es más sencillo: se me nota demasiado el esfuerzo. No termino de olvidarme de que estoy mirando una actuación. Cada intervención parece pedirme que le dé un peso que todavía no se ganó. Y cuando encima aparece otra vuelta de la historia, en lugar de meterme más adentro me quedo pensando en lo armada que está. Así cuesta bastante que el secuestro me sostenga la tensión.

Kerry Washington está sentada en un sillón y Ben Affleck permanece detrás con los brazos cruzados.
Affleck y Washington en una de las imágenes oficiales de la pareja. Foto: Warrick Page/Netflix. Fuente de la imagen

Las actuaciones tampoco me parecen las mejores. Hay nombres que uno reconoce enseguida, pero eso no me resuelve nada si después no compro lo que hacen. Ben Affleck, Kerry Washington, Steven Yeun: el elenco está, las caras son conocidas, y aun así no encuentro mucho de dónde agarrarme. No necesito que todos estén haciendo el papel de su vida. Me alcanzaría con que la situación me resultara más natural, con dejar de sentir que la película está señalando todo el tiempo cuánto drama hay en cada conversación.

Steven Yeun está de pie con los brazos cruzados junto a una repisa con fotos enmarcadas.
Steven Yeun como Sam. Un elenco conocido que, para mí, no alcanza a levantar la película. Foto: Warrick Page/Netflix. Fuente de la imagen

Y después aparece el castellano de Ben Affleck. Acá sí que tengo algo para recomendar. Hay que verla aunque sea para escucharlo hablar. Se larga con una confianza tremenda, como si la velocidad fuera la prueba definitiva de su español fluido, y a mí hay momentos en los que me suena a que dice cualquier cosa. Arranca embalado y las palabras tienen que arreglárselas como puedan para alcanzarlo. Ben, bajá un cambio. Nadie te está tomando un examen contrarreloj. Podés terminar una frase antes de salir disparado hacia la próxima.

Lo gracioso es ese alarde. Esa seguridad con la que se manda, esa sensación de que está muy satisfecho con cómo le está saliendo. Yo lo escucho y pienso: pobre JLo si alguna vez le tocó bancarse una conversación así. Me la imagino esperando que termine de atropellar el castellano para poder decirle algo. Tremendo secaconcha. Es una boludez que se me cruza viendo la película, pero una vez que me aparece ya me cuesta volver al drama. Estoy pendiente de cuándo va a hablar de nuevo.

Gillian Anderson, la de X-Files, merece un párrafo aparte. Su personaje se pasa de personaje. Se hace la supercapa mal, con una seguridad que a mí me termina resultando insoportable. Dayle aparece como esa persona que sabe manejar el desastre, pero yo veo demasiado la intención de hacerla impresionante. Me cuesta comprarla. La película le da un lugar de peso y yo me quedo mirando ese despliegue de superioridad con cada vez menos paciencia. Tremendo personaje pedorro, dicho con toda la sencillez que el asunto necesita.

Lo que más me molesta es que siento el personaje antes que cualquier otra cosa. Está tan ocupado en parecer especial que para mí se le ve todo el armado. No consigo tomarlo como esa presencia capaz de cambiar el rumbo de la situación; me distrae lo mucho que quiere imponerse. Y si ya venía sintiendo que varias escenas tenían algo de teatro, con ella esa sensación se me vuelve todavía más fuerte. La supercapa entra y yo, en vez de confiar, empiezo a desconfiar de la película.

Gillian Anderson, con un traje claro, aparece en un pasillo con un hombre detrás.
Gillian Anderson como Dayle: el personaje que más me cuesta comprar. Foto: Warrick Page/Netflix. Fuente de la imagen

Pero el final se lleva todo. No voy a contar qué pasa, porque parte de la diversión que le encontré está en ver hasta dónde se anima a seguir. Es una seguidilla de pelotudeces, una atrás de la otra. No me alcanza con decir que no me convenció un giro o que me pareció exagerado el desenlace. Me causó risa la acumulación. Cada nueva cosa que ocurre hace que la anterior parezca apenas el comienzo. Y la película sigue adelante con una seriedad que vuelve todo mucho más gracioso.

Ahora mismo vuelvo a acordarme y me río. Es difícil escribir sobre ese final sin empezar a contarlo, pero tampoco hace falta destriparlo para explicar lo que me pasó: dejé de acompañar el drama y empecé a disfrutar del disparate. A esa altura ya no estaba esperando que me cerrara mejor. Quería ver cuál iba a ser la siguiente. Hay algo muy cómico en recordar una película por un desenlace que te parece cualquiera, especialmente cuando venía haciendo tanto esfuerzo para que te la tomaras en serio.

Ben Affleck sostiene un teléfono frente a Kerry Washington, sentada en un living.
La urgencia de Animales tiene caras muy serias. Mi recuerdo de la película, bastante menos. Foto: Warrick Page/Netflix. Fuente de la imagen

Así que mi recomendación sale bastante torcida. Hay que ver Animales para cagarse de risa de cómo habla castellano Ben Affleck. Y, si después el final les produce lo mismo que a mí, ya tienen otro motivo para seguir riéndose. Yo me llevo esa película: medio novelada, medio teatral, con actuaciones que no me compran y una supercapa que me agota. Pero todavía me acuerdo del desenlace y me río mientras escribo. Ben puso la cara seria. A mí se me complica muchísimo sostenerla.